Petra

Tal vez algunos recuerden cuando en  Indiana Jones y la última cruzada, Indiana encuentra el Santo Grial en el interior de un templo perdido por cientos de años… el lugar escogido por el director Steven Spielberg para la filmación de estas escenas fue el Tesoro de Petra una de las construcciones más emblemáticas de la ciudad escondida de Petra de la que ahora les contaremos un poco de su historia:

 

 

PETRA ciudad en el valle

Petra se halla en el sur de Jordania, en el margen oriental del Wadi Arabah, un valle fluvial que discurre entre el mar Muerto y el golfo de Áqaba. Más del 80% de la ciudad continúa oculta bajo la arena, a pesar de todas las misiones arqueológicas que se llevan y se han llevado a cabo desde su redescubrimiento. Se cree que siguen sepultadas numerosas construcciones públicas, así como palacios reales.

En Petra el espacio se organizaba de forma muy distinta al del resto de ciudades del Mediterráneo y Oriente Próximo que solían tender al hacinamiento, mientras que en Petra los edificios se diseminan a lo largo de unos doce kilómetros de diámetro. En el centro y en algunos puntos de la periferia es donde mayor concentración urbana tenía lugar. Los monumentos funerarios son los restos más abundantes hoy en día, seguidos por los edificios religiosos y unas pocas viviendas horadadas en la roca. Los restos más célebres de la ciudad son sin duda sus construcciones labradas en la misma roca del valle, en particular, los edificios conocidos como el Khazneh (el Tesoro) y el Deir (el Monasterio).

Johann Ludwig Burckhardt

Aquel joven no daba crédito a sus ojos. Miraba asombrado la fachada de piedra rosada de Al Khazneh, al tiempo que trataba de disimular su entusiasmo y nerviosismo. No podía permitir que lo descubrieran: estaba en juego su vida. Avanzaba e intentaba tomar notas de todo cuanto veía, ante la mirada atenta y desconfiada del guía que lo acompañaba. A cada paso que daba, tenía un mayor convencimiento de que aquellas leyendas que había oído sobre una ciudad escondida en las entrañas del desierto, en la que se ocultaban extraordinarias reliquias, respondían a sus sospechas. Aquel día, el 22 de agosto de 1822, el suizo Johann Ludwig Burckhardt escribió en su diario: “Parece muy probable que estas ruinas sean las de la antigua Petra”.

Se había convertido en el primer occidental en contemplar la bella ciudad rosada en siglos. Unos años antes había recibido el encargo de una institución británica de que explorara rincones desconocidos de África. “Eran los años de la expansión colonial europea por África y Asia.

Antes de su viaje, Burckhardt tuvo que prepararse a conciencia. En aquella época no era nada fácil para los no musulmanes adentrarse en aquellos territorios. Por una parte, el Imperio otomano tomaba cualquier tipo de intrusión como un intento por parte de los países europeos de establecer colonias en sus tierras (que abarcaban la Turquía actual; países de Oriente Próximo como Israel, Líbano, Siria o Jordania; Egipto; y, parcialmente, Sudán y Arabia Saudí). Por otro lado, el occidental era visto como un infiel que acudía atraído por los tesoros y riquezas de Oriente Próximo. Burckhardt estudió árabe, el Corán y las tradiciones musulmanas, y viajó durante años en solitario desde Siria hasta Egipto, atravesando toda Jordania. Fue allí donde oyó hablar de una ciudad antigua, de increíbles colores rosáceos y rojizos, horadada en las paredes rocosas del angosto desfiladero del Siq. Burckhardt, que se hacía pasar por un musulmán llamado Ibrahim ibn Abdallah, se vistió de peregrino, contrató un guía, al que pagó con dos viejas herraduras, y se dispuso a viajar allí con la excusa de que quería sacrificar una cabra en la tumba del profeta Aarón, el hermano de Moisés. Supuestamente, la tumba yacía muy cerca de aquella legendaria ciudad. Así fue como el explorador suizo dio con Petra, la capital de los nabateos.

La noticia del hallazgo corrió como la pólvora entre los investigadores europeos que se habían instalado en Oriente Próximo y Egipto. En aquella época, Muhammad Ali Pasha, virrey otomano de Egipto, pretendía modernizar el país acogiendo a científicos y estudiosos occidentales. Éstos pronto comenzaron a viajar a Petra, pese a los riesgos que conllevaba, dado que las tribus beduinas de la zona no aceptaban la presencia de extraños. Aquellos primeros visitantes tomaron notas y trazaron dibujos que luego enviaron a Europa, y con los que alimentaron la imaginación de Occidente, arrebatado por aquel mito fascinante. ¿Quiénes habían sido los nabateos? ¿Por qué se desvanecieron? ¿De dónde procedía aquella misteriosa civilización?

El origen de los nabateos

Entre grandes montañas y cerros atravesados por profundas gargantas se erige Petra, la capital del reino de los nabateos.  El misterio que la envuelve se debe, en buena medida, a que quedan muchas dudas sin solventar, empezando por la identidad de sus creadores. Aunque parece claro que debían de ser una tribu árabe de lengua aramea, se desconoce quiénes eran exactamente, de dónde venían y cuándo se asentaron definitivamente allí.

El historiador griego Diodoro de Sicilia fue el primero que mencionó en un escrito la existencia de los nabateos. En sus textos describe la Petra del siglo iv a. C. como un lugar de paso de caravanas y refugio para tribus nómadas que vivían al aire libre y se dedicaban, sobre todo, al cuidado de ovejas y dromedarios, también dice que aquellos primeros habitantes comerciaban con betún del mar Muerto, así como con especias valiosas, mirra e incienso, procedentes del sur de la península arábiga.

Tres siglos más tarde el geógrafo griego Estrabón describe la ciudad como una gran metrópoli, rica y gobernada por reyes, poblada de lujosas casas de piedra y abundantes rebaños de ovejas, bueyes y dromedarios. Explica que los nabateos cultivaban la tierra y que, pese a estar en medio del desierto, disponían de agua suficiente incluso para mantener jardines. Ese cambio en la descripción de Petra ofrece una idea de la revolución que vivió la ciudad en pocos siglos. Se había convertido en el núcleo de las relaciones comerciales en Oriente Próximo.

Esa revolución se debe, ante todo, a la destreza y el ingenio de los nabateos. Supieron sacar partido a una geografía poco favorable y demostraron tener una visión muy avanzada del comercio. A diferencia de otras ciudades florecientes de aquel período, Petra carecía de agua y de las condiciones necesarias para que allí se formara un oasis. Sin embargo, los nabateos idearon sofisticados sistemas para aprovechar manantiales que brollaban a kilómetros de distancia y llevar agua a la ciudad, donde se almacenaba en piscinas al aire libre o en cisternas cubiertas con losas de piedra. También disponían de formas de recoger hasta la última gota de lluvia. Fue así como garantizaron el suministro a sus decenas de miles de habitantes y como abastecieron a las caravanas que arribaban a la ciudad tras meses de travesía por el desierto. Éstas cargaban artículos de lujo procedentes de Arabia, India e incluso China.

Según Estrabón, eran inmensas, y comprendían tantos hombres y camellos que parecían ejércitos. Acampaban a las afueras de Petra, en caravasares estratégicamente situados, donde encontraban comida y agua en abundancia y podían avituallarse. Con el paso del tiempo, en la ciudad, donde se desarrollaban las operaciones de compraventa, se crearon agencias de mercaderes y prestamistas.

En las tierras en que vivían los nabateos se producía poco más que cobre, que extraían del valle de la Aravá, y betún, del mar Muerto, que vendían a Egipto, donde lo usaban para embalsamar a los muertos y para enmasillar las quillas de los barcos. Comerciando solo con esos dos bienes, los nabateos difícilmente hubieran llegado a convertirse en un reino próspero. Por eso, en las caravanas vieron el modo de mejorar su fortuna.

Los nabateos se hacían cargo de los bienes desde que entraban en su reino y los exportaban después a puertos del Mediterráneo, sobre todo a Gaza y Alejandría. De hecho, la ruta más importante era la que se estableció con Gaza. Desde allí, los productos se enviaban por barco a Grecia e Italia, donde se pagaba por ellos sumas exorbitantes. De ahí la riqueza creciente de este reino en el desierto.

El período entre 9 a. C. y 40 d. C. fue el de máximo esplendor del reino de Petra, durante el cual se construyeron los proyectos más ambiciosos e importantes de los nabateos. En aquella etapa llegaron a controlar Siria y Gaza.

Pero la fortuna de los nabateos iba a cambiar pronto. Su riqueza atrajo la codicia romana. La ciudad se vio atacada en varias ocasiones y se produjeron numerosos daños, aunque los romanos no pudieron tomarla por la geografía singular de la zona, que constituía su mejor defensa.

No obstante, en 106 d. C. el emperador Trajano logró anexionar el reino nabateo al Imperio romano y lo reconvirtió en una provincia a la que llamó Arabia Petrea.

Hasta aquel momento, Roma había respetado Petra porque le proporcionaba bienes de lujo a los que no quería renunciar. Pero era así porque desconocía la procedencia de aquellos productos. Tan pronto como dieron con zonas productoras como las del sur de Arabia, los romanos sacaron la ruta al mar, con  esto marcaba el principio del fin de Petra como potencia comercial de primera magnitud.

La capital del reino nabateo sobrevivió, aunque convertida en ciudad secundaria. En el siglo IV, una reorganización administrativa romana hizo de Petra la capital provincial, e incluso se le otorgó el título de metropolis de una nueva provincia llama Palaestina Tertia. Más tarde, cuando el cristianismo se impuso en la zona, Petra pasó a ser la sede del obispado. De hecho, las iglesias de este período que se conservan en Petra están ricamente decoradas con mosaicos que denotan la importancia de la ciudad durante el Imperio bizantino. En 630, la región se convirtió al islam, aunque apenas se conservan datos sobre aquella etapa. Para entonces, los nabateos se habían diluido por completo. Seguramente, la población indígena se fue mezclando con la árabe hasta que no quedó rastro de ella.

En 747 se produjo un intenso terremoto que obligó a huir a los habitantes que aún quedaban en Petra. Desde entonces y hasta el siglo XIII se sabe muy poco de lo que acaeció allí. Puede que durante la Edad Media estuviera completamente desierta. En 1276, el sultán mameluco Baibars I de Egipto y Siria, a través de su cronista, cuenta que la visitó. Menciona sus casas ricamente ornamentadas excavadas en la piedra, la tumba de Aarón, las ruinas de un fuerte… Pero no dice nada acerca de sus habitantes. Después de eso, los nabateos y la ciudad de Petra se perdieron otra vez en el olvido hasta el redescubrimiento de Burckhardt en el siglo XIX.

¿Ciudad en peligro?

Petra fue declarada en 1985 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y es desde 2007 una de las siete nuevas maravillas del mundo, además de erigirse en una de las joyas más estimadas de Jordania. Pese a ello, la ciudad corre cierto peligro. La climatología severa hace temer por su estado de conservación. Las lluvias la erosionan, como los vientos, que proyectan polvo y arena contra las fachadas de los monumentos. También el turismo degrada la zona. Sus miles de visitantes acceden a la ciudad montados a caballo a través de la garganta del Siq, y el trasiego levanta arena, fatal para la conservación de los frontispicios.

En 1989 se constituyó el Petra National Trust en Amán, la capital de Jordania, con el objetivo de garantizar la conservación de la ciudad. En esta tarea están implicados también el gobierno jordano y la Unesco. Si no se logra paliar la degradación que afronta, Petra, la ciudad rosácea del desierto, podría perderse de nuevo, pero esta vez definitivamente.

 

 

Un comentario el “Petra

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